Siempre creí que había heredado un talento de mi papá: la capacidad de arreglar cosas . Mi viejo no terminó el secundario, pero cursó tres años en la escuela industrial, y eso le bastó para sostener a una familia de cuatro. Tenía una estantería enorme, del piso al techo, repleta de frascos con tornillos, clavos, arandelas, pitutos y piezas que parecían inútiles… hasta que él las transformaba en soluciones. Era medio acumulador, sí, pero tenía un súperpoder: arreglaba todo. En casa, la mesa del living siempre estaba cubierta de cosas: una plancha desarmada, un taladro abierto, un juguete roto, billeteras por coser… y mi papá feliz, martillando, soldando, pegando. Solía decir: “En mi época no había televisión, había que inventar”. Algo de eso heredé yo. Obvio, no soy como él: si papá era un 10, yo soy un 5, ponele. Pero en mi casa siempre se escuchaba: —“¡Lau, se cortó la luz!” —“¡Laura, no anda el cable!” —“¡La canilla pierde, fijate!” —“¡La licuadora no funciona!” Yo resolvía...
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